El rechazo al otro sexo se produce, desde el punto de vista psicológico, cuando se han sufrido conflictos infantiles que no se han podido elaborar de forma adecuada. El hombre que ataca y daña a la mujer la rechaza porque depende demasiado de ella, algo que no sabe y que, conscientemente, se niega a reconocer. No ha logrado crearse una identidad en la que se sienta cómodo. La mujer que rechaza al hombre también padece fantasías inconscientes que le hacen verlo como un enemigo. No ha podido organizar una maduración psíquica que permita aceptar la diferencia con el hombre y la vive como algo que la daña.
Femenino y masculino
Desde el punto de vista psicológico, el recorrido de la niña para llegar a amar al hombre es distinto al del niño. Tiene que separarse de la madre, que ha tenido que vivir bien su feminidad, y encontrar a un padre en el que pueda apoyarse, que la valore y que no tenga conflictos con lo femenino. Si, cuando la niña reclama la atención paterna, encuentra rechazo, abandono o un acercamiento incestuoso, se le hará complicada la relación con los hombres. Puede llegar a rechazarlos. Se defiende de ellos porque teme sentirse mal. Entonces retrocede hacia la madre y se queda demasiado dependiente de ella. La actitud de la madre hacia el padre también es importante para la niña. Si responsabiliza al progenitor de todo lo que ella no ha podido hacer y transmite a la hija la idea de que los hombres quitan independencia, les adjudica, sin darse cuenta, el poder de dar o quitar la libertad a la mujer y, así, valora más al sexo masculino que al suyo.
Laura hablaba con unas amigas de lo que le había pasado a Gloria, que había vuelto a romper con su pareja. Discutían continuamente y él se había ido. “Los hombres son así –decía Pilar–, infieles por naturaleza. No se puede confiar en ellos. Como lo tienen más fácil, no tienen por qué esforzarse”. Laura reconocía aquellas ideas: antes sentía y decía esas mismas cosas. Pero había cambiado de perspectiva gracias a la psicoterapia a la que había acudido tras su segundo fracaso amoroso. Los fracasos le servían, por cierto, para confirmar las ideas que tenía sobre los hombres. Llegó al tratamiento quejándose sobre su suerte en el amor: todos la abandonaban tras un tiempo. En el tratamiento, comprendió que era ella quien los echaba de su lado, pero no quería sentirse culpable por ello. Su padre, celoso y con graves conflictos para acercarse a su hija, había hecho piña con su hijo. Su madre se quejaba continuamente de lo inútiles que eran ambos y del trabajo que daban los hombres. Así, transmitió a su hija la idea de que era mejor estar sola.
Lazos que atan
Laura descubrió que no sólo tenía cuentas que arreglar con su padre; también con su madre. Sentía cierta hostilidad inconsciente hacia ella que la llenaba de culpa, porque no le gustaba verla tan infeliz. Se hacía responsable de cuidarla y compensar lo que su padre no le daba, pero eso la ataba a ella y le evocaba lo abandonada que le había hecho sentir su padre. Suponía que éste sólo valoraba a su hermano porque era un chico. Cuando Laura pudo aceptar los conflictos, tanto de su madre como de su padre, y entender los deseos que la tenían atrapada, su queja contra los hombres en general desapareció. Se sentía más a gusto consigo misma y encontró a uno con el que tener una relación gratificante.
La excesiva dependencia del otro provoca rechazo hacia él. El odio al hombre puede aparecer tras algún fracaso, porque este afecto es una manifestación de defensa contra el dolor.
Desde el punto de vista psicológico, el recorrido de la niña para llegar a amar al hombre es distinto al del niño. Tiene que separarse de la madre, que ha tenido que vivir bien su feminidad, y encontrar a un padre en el que pueda apoyarse, que la valore y que no tenga conflictos con lo femenino. Si, cuando la niña reclama la atención paterna, encuentra rechazo, abandono o un acercamiento incestuoso, se le hará complicada la relación con los hombres. Puede llegar a rechazarlos. Se defiende de ellos porque teme sentirse mal. Entonces retrocede hacia la madre y se queda demasiado dependiente de ella. La actitud de la madre hacia el padre también es importante para la niña. Si responsabiliza al progenitor de todo lo que ella no ha podido hacer y transmite a la hija la idea de que los hombres quitan independencia, les adjudica, sin darse cuenta, el poder de dar o quitar la libertad a la mujer y, así, valora más al sexo masculino que al suyo.
Laura hablaba con unas amigas de lo que le había pasado a Gloria, que había vuelto a romper con su pareja. Discutían continuamente y él se había ido. “Los hombres son así –decía Pilar–, infieles por naturaleza. No se puede confiar en ellos. Como lo tienen más fácil, no tienen por qué esforzarse”. Laura reconocía aquellas ideas: antes sentía y decía esas mismas cosas. Pero había cambiado de perspectiva gracias a la psicoterapia a la que había acudido tras su segundo fracaso amoroso. Los fracasos le servían, por cierto, para confirmar las ideas que tenía sobre los hombres. Llegó al tratamiento quejándose sobre su suerte en el amor: todos la abandonaban tras un tiempo. En el tratamiento, comprendió que era ella quien los echaba de su lado, pero no quería sentirse culpable por ello. Su padre, celoso y con graves conflictos para acercarse a su hija, había hecho piña con su hijo. Su madre se quejaba continuamente de lo inútiles que eran ambos y del trabajo que daban los hombres. Así, transmitió a su hija la idea de que era mejor estar sola.
Lazos que atan
Laura descubrió que no sólo tenía cuentas que arreglar con su padre; también con su madre. Sentía cierta hostilidad inconsciente hacia ella que la llenaba de culpa, porque no le gustaba verla tan infeliz. Se hacía responsable de cuidarla y compensar lo que su padre no le daba, pero eso la ataba a ella y le evocaba lo abandonada que le había hecho sentir su padre. Suponía que éste sólo valoraba a su hermano porque era un chico. Cuando Laura pudo aceptar los conflictos, tanto de su madre como de su padre, y entender los deseos que la tenían atrapada, su queja contra los hombres en general desapareció. Se sentía más a gusto consigo misma y encontró a uno con el que tener una relación gratificante.
La excesiva dependencia del otro provoca rechazo hacia él. El odio al hombre puede aparecer tras algún fracaso, porque este afecto es una manifestación de defensa contra el dolor.
Autora: Isabel Menéndez
=O
ResponderEliminarq interesanteeee!!
gracias por la info psico ^.^